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UNA EXCURSIÓN A VALPARAÍSO

Salimos de nuestro alojamiento en el camino de Con Cón a Viña del Mar. Más específicamente ubicado entre el Club de Yates Higuerillas y la

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UNA EXCURSIÓN A VALPARAÍSO

Salimos de nuestro alojamiento en el camino de Con Cón a Viña del Mar. Más específicamente ubicado entre el Club de Yates Higuerillas y la playa de Cochoa. Estábamos en pleno camino costero sobre los roqueríos maravillosos que forman el gran atractivo de esa costa.

Las olas reventaban sin cesar en las rocas, removiendo las enormes matas de cochayuyos que envuelven todos los roqueríos como si fueran una enorme melena que no termina nunca de arreglarse envuelta en la espuma marina que actúa como un velo que cubre y descubre.

                                    Frente a nuestro edificio hicimos parar al microbus 602 y allí nos acomodamos disponiéndonos a un largo viaje hasta Valparaíso. Desde la altura contemplábamos sin problemas el juego sin final de las olas rompiendo sobre las rocas y formando todo tipo de caprichos marinos y visuales.

Así no nos dimos cuenta cuando entramos a Viña del Mar y enfilamos por sus avenidas.

                                    Esta pasada fue por demás interesante para apreciar los efectos de las presiones comerciales e inmobiliarias que, unidas al continuado desacierto de las regulaciones municipales, introdujo el caos que ha sucedido a la notable armonía que respaldaba la denominación de ciudad jardín con que se conocía a Viña del Mar.

                                    La Avenida Libertad se ha desdibujado por la presión habitacional primero, y del comercio últimamente, que ha transformado numerosas casonas de los años 1910 al 1960. Luego, a partir de los años 1980, numerosas torres también habitacionales, más otras tantas de oficinas.

                                    La calle Arlegui, que nunca fue muy famosa, también desfigurada por la presión comercial, unido al abandono en que ha caído el centro de Viña del Mar, deja ver una que otra construcción antigua que señala el carácter original que tuvo.

                                    Finalmente, el balneario Caleta Abarca y la Avenida España que bordea el mar. En la Caleta Portales terminamos nuestro turismo autobusero. Una mirada rápida al abigarrado conjunto de puestos de venta de pescados y mariscos y de venta de empanadas y bocadillos varios, incluyendo palmeritas dulces.

Luego enfilamos caminando por el paseo sobre las rocas y contiguo a la antigua maestranza ferroviaria que nos condujo hasta Barón, en la entrada a Valparaíso. Es este paseo una joya oculta e ignorada. Pero desgraciadamente no ha sido bien explotado por la Municipalidad porteña, lo que le ha impedido llegar a ser un punto fuerte de los atractivos turísticos del Puerto.

                                    Por ser ya demasiado tarde no entramos al muelle Barón donde se divisaba una cafetería o restaurante, junto con la escuela de yates y arriendo de kayaks de Tomás Elton K. De paso debo mencionar también que en esa escuela se imparte instrucción náutica incluso a personas discapacitadas, lo que constituye una nota destacada en favor de sus organizadores.

                                    Como el desplazamiento en microbuses era parte esencial de nuestro paseo, seguimos mediante este sistema de locomoción al Muelle Prat, para captar el colorido movimiento que lo caracteriza, y para almorzar en el restaurante de El Bote Salvavidas. En este mes de abril esa institución tan genuinamente porteña cumple un siglo de existencia. Su objetivo es prestar auxilio y rescate a los barcos surtos en la bahía con problemas durante los fuertísimos temporales de mar y viento norte. El restaurante es un punto fuerte en la geografía gastronómica y poética de Valparaíso. No desentona. Y es entretenidísimo.

El día se despide con un concierto cromático de arreboles.

                                    Allí, encima de los barcos que cargan y descargan sus contenedores, siempre ocurre algo que atrae la atención de sus comensales. Esta vez fue un barco, verdaderamente enorme que, entre dos remolcadores, lo atracaron al muelle que está allí mismo, casi al alcance de la mano: y lo dejaron puesto en su lugar como si ese lugar hubiese sido hecho para ese barco. De más está decir que fue una faena que demoró exactamente el tiempo que nos tomó almorzar pausadamente.

                                    Aparte de esto, entró a la poza uno de los destructores de la Armada y nunca cesaron de moverse las numerosas lanchas que ofrecen la vuelta a la bahía con todo su colorido, sus pitos y voces.

                                    De regreso, la número 602 nos dejó finalmente, a la hora de los arreboles, en nuestro departamento en el camino a Con Con. Felices y contentos con un paseo diferente y sabroso como pocos. Hasta la próxima …

El día se despide con un concierto cromático de arreboles.

El Rutero        

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